Había vivido durante más de 40 años en las comunidades Raramuri, en la Sierra Tarahumara, esto le dio una visión muy amplia respecto a la cultura y cosmología de ese pueblo indígena. El abogado le buscó pues necesitaba la guía de alguien con conocimientos para decidir si aquel caso que llevaba, en defensa de un indígena que había cometido asesinato, pudiera implicar algunas circunstancias atenuantes, atendiendo a la cultura y costumbres de aquella etnia.

El entrevistado, un sacerdote jesuita que rondaba los setenta años fue muy abierto, así que aquella plática, en un sencillo cuarto con una mesa de fórmica y dos tazas de café, se convirtió en una reunión de más de dos horas, que no solo respondió las interrogantes iniciales del abogado, sin que se transformó en una cátedra de conocimiento sobre la cultura Raramuri.

El mismo entrevistador era catedrático en la universidad y de aquella plática surgieron varios ejemplos que utilizó para explicar conceptos en el aula.

Una de las ideas que brotaron en esa plática fue la de la aceptación social y es que el entrevistado le explicó que luego que el Siríame y sus ayudantes habían dictado una sentencia y cuando esta había sido por un delito que se considerara grave, la condena que se aplicaba podría ser fuerte, desde golpes con vara en la espalda desnuda y frente a la comunidad, hasta el atarle los brazos en una viga horizontal que sostendría sobre sus hombros y así sería arrojado a un cuarto donde podría permanecer por varios días.

Pero, había más, aquella era la condena dictada por la autoridad, pero faltaba la condena de la comunidad, que era mucho más temida que el sufrimiento físico, la persona, de acuerdo con las circunstancias, podría ser condenada al ostracismo, lo que implica que los miembros de aquella ranchería dejarían de hablarle y convivir con el. Comentaba el sacerdote, que esta sanción social era más temida que el castigo físico o la multa que se les pudiera imponer.

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